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¿A qué se debe la dificultad? En parte al desorden interior que cada uno de nosotros arrastra desde el nacimiento y sobre todo a la potenciación que desde afuera recibe ese desorden.
El problema interior procede del pecado original. Lamentablemente muchos no creen hoy en el pecado y menos en un pecado "de origen". Y digo "lamentablemente" porque la negación del pecado no lo suprime; "eppur si muove", dicen que pronunció Galileo cuando sus objetores lo obligaron a afirmar que la Tierra está quieta mientras el Sol gira a su alrededor: "y sin embargo se mueve". Sí, se puede afirmar que la Tierra está inmóvil, incluso en una junta científica, pero esto no la detendrá. Tenía razón Galileo (en esto, aunque no en todas las cosas) y la Tierra, cuyo movimiento él defendía, avanzaba y avanza en torno al Sol a una velocidad de 2,5 millones de kilómetros por día —¡100.000 kilómetros por hora, 30 kilómetros por segundo!— arrastrando en su movimiento a la Luna, su satélite que se mueve a 1 kilómetro por segundo en torno a ella.
"Eppur si muove". Del mismo modo pueden juntarse todos los filósofos, los políticos, los literatos, los militares, los psicólogos, los psiquiatras, los moralistas y hasta los estibadores del puerto, para declarar que no existe el pecado, y sin embargo, éste existe, crece, se propaga y arrastra la historia de los hombres hacia un trágico final. A menos que se desmonten a tiempo del caballo desbocado y admitan que hay cosas que están mal, no porque nos hayamos puesto de acuerdo entre todos para no darles cabida en la sociedad (el único sentido del "pecado" que se admite en algunas sociedades modernas) sino porque así lo tenemos grabado ennuestra naturaleza.
"Eppur si muove". Nos pueden enseñar, con Freud en la mano, que la fornicación o la masturbación forman parte del proceso de maduración de la persona (cosa que ni siquiera Freud aceptaba) y sin embargo, los que fornican, aun pensando que no hacen nada malo, no aprenden con su comportamientoa amar sino a usar a los demás para su placer, y los que se masturban se encierran paulatinamente en un movimiento de ensimismamiento típico de toda neurosis. Si alguien nos dice que se puede martillar un clavo con un jarrón de porcelana, con su teoría no salvará al jarrón, ni tampoco lo pagará; el que paga las consecuenciases siempre el dueño del jarrón.
Hay un pecado en el origen de nuestra historia humana. Lo cometieron nuestros primeros padres y se transmite a cada hombre y a cada mujer que llega a este mundo, junto con la naturaleza que sus progenitores le dan al concebirlos. Nosotros, los que aceptamos la tradición bíblica (y los creyentes de otras religiones que también aceptan esta verdad) creemos que este pecado fue cometido en el Paraíso terrenal. Y también creemos que Dios tuvo piedad de los hombres y les prometió un Salvador, y que por su obra, y por medio del bautismo que el Salvador nos dejó, ese pecado se nos borra verdaderamente. Pero también afirmamos que algo queda como resabio de ese pecado: la inclinación desordenada al pecado. Con el bautismo, Dios nos da la gracia que nos hace hijos de Dios, y ésta no se pierde del alma sino cuando un nuevo pecado (personal) destruye nuestra relación con Dios; pero la gracia no impide que cada una de nuestras potencias (inteligencia,voluntad, afectos, instintos) busquen por su cuenta los bienes que las perfeccionan (el conocimiento a la inteligencia; el bien a la voluntad; a los afectos los bienes sensibles), sin mirar si ese bien es un bien para toda nuestra persona o solamente para esa potencia.
Son nuestras potencias superiores (inteligencia y voluntad) las que tienen que velar para que tanto ellas como las demás facultades — que son inferiores y les deben estar sometidas— sólo busquen y alcancen los bienes que nuestra persona necesita para su perfección y sólo en la medida en que realmente nos perfeccionan.
Cuando tenemos hambre queremos comer; pero nuestro apetito no "sabe" instintivamente si tal o cual alimento nos hace bien o mal, o en qué medida nos beneficia y en cuál nos perjudica; esto lo regulamos con la razón; si nos dejásemos llevar por nuestra inclinación, comeríamos mucho más o mucho menos de lo que necesitamos, haciéndonos daño. Lo mismo se diga del instinto sexual. Cuando éste se despierta, es la razón la que debe guiarlo para saber de qué modo, cuándo y con quién su satisfacción perfeccionará a nuestra persona; y en algunos casos, la razón deberá decirnos que no se debe ejercer esa inclinación con nadie.
Esta herida que ha dejado el pecado original no es igual en todas las potencias. Podemos decir que, en cierto modo, mientras más abajo entramos en la naturaleza humana, más caótica se vuelve la herida. Así, es más fácil conocer la verdad (inclinación de la inteligencia) que hacer el bien espiritual (inclinación de la voluntad);y más difícil que el regular nuestra inclinación al bien espiritual es dominar el instinto de poder y de lucha (inclinación irascible), y mucho más difícil todavía el dominar y encauzar nuestro instinto de placer sensible (apetito concupiscible).
Difícil no significa imposible; sólo quiere decir que es algo trabajoso. Pero este dominio o señorío es necesario, pues aunque sea la parte más baja de la naturaleza humana, y por tanto no la que se corrompe de modo más grave (de hecho es peor la perversión de la inteligencia por el error y la mentira y la de la voluntad por el odio y el egoísmo), sin embargo, ocurre con ella como con la estatua de Daniel, cuya cabeza era de oro puro, su pecho y sus brazos de plata, su vientre y sus lomos de bronce, sus piernas de hierro, sus pies parte de hierro y parte de arcilla; pero una piedra golpeó la estatua en sus pies de hierro y arcilla, y los pulverizó y toda la estatua se vino abajo1. También en nuestro caso muchos se derrumban por sus pies de barro mezclados de mal fraguada arcilla.
Sin embargo, más grave que nuestra inclinación desordenada es el esfuerzo encarnizado por precipitarnos en el desorden que nos viene de afuera. En la Biblia existe una sugestiva imagen de los enemigos que empujan una tapia ruinosa para desplomarla (Salmo 62,4). Así parece el asedio al que nos somete nuestra cultura.
Mientras escribo estas páginas ha aparecido en algunos informativos la noticia de que en la "Millais School", de West Sussex, Inglaterra, se ha prohibido a varias jóvenes llevar un anillo de plata en su mano por ser "contrario a las reglas de vestimenta"; este anillo simboliza para esas adolescentes el compromiso que han asumido de guardar la castidad y la pureza hasta el matrimonio.
Al mismo tiempo, el mismo colegio no considera contrario al uniforme el velo de las adolescentes musulmanas, ni los brazaletes de las jóvenes sikhs. Es la pureza y la opción por ella, la que no puede ser simbolizada en nuestra sociedad.
La televisión y el cine están casi totalmente genitalizados; es muy poco lo que puede verse hoy en día en estos medios sin que se exija un estado de alerta. Las propagandas comerciales, las películas, los programas de entretenimiento, los argumentos de las novelas y hasta las mismas noticias cotidianas encierran imágenescargadas de contenido erótico cuando no explícitamente pornográfico.
¡Y la imagen visual es un elemento impactante y condicionante en la psicología humana, que difícilmente se borra y que vuelve una y otra vez a la memoria sensitiva de la persona! Internet —el elemento más simbólico de nuestra cultura actual— se ha convertido en un terreno privilegiado por la industriade la pornografía. Ésta es, de hecho, el tercer sector económico en la web, moviendo más de mil millones de dólares anuales. Lo cual significa que un sector gigantesco de los que usan Internet reciben y buscan pornografía. ¡Y no estamos hablando aquí de la erotización encubierta que caracteriza a muchísimas páginas que no están comprendidas en la categoría de pornográficas!
Algo análogo se debe decir de las demás artes y de otras manifestaciones culturales como la literatura, la pintura, la música, y los medios de comunicación gráficos (periódicos y revistas) y orales (radio), etc., que hacen constante referencia al sexo y más propiamente a la lujuria. En muchos casos se usa el pretexto de incursionar en temas "maduros" y en "problemas" actuales; pero en el fondo se pone de modo insidioso y porfiado el tema sexual ante los sentidos.
De esta manera la sexualidad desordenada se ha convertido en una verdadera obsesión para muchas personas. Es una idea obsesiva y agotadora. Y hay que reconocer que es heroico mantenerse firmes ante tantas arremetidas diarias. Y muchos no lo logran, terminando no solo con una vida sexual desordenada (masturbación,pornografía, homosexualidad, relaciones no matrimoniales) sino con auténticos problemas de adicción al sexo (o sea, a la lujuria).
Esta ofensiva contra la castidad no sería tan efectiva, como lo es, si no fuera por el terreno que le preparan las ideas culturales en que se asientan nuestras cabezas. De hecho hacen tanto daño (o tal vez más) las ideas contrarias a la castidad que las mismas imágenes pornográficas (de la naturaleza que sean) que se presentan a nuestros sentidos.
La falta de reacción ante el hostigamiento diario (o la reacción equivocada de algunos) se debe en gran medida a haber aceptado algunas ideas distorsionadas sobre la sexualidad. Teorías que sostienen, por ejemplo, que la castidad es imposible, o que no se debe ligar la actividad sexual al ámbito del matrimonio, o que toda manifestación de amor debe estar abierta a la expresión genital, y muchas otras que están en la base de las actuales propuestas "educativas" que se denominan ambiguamente "educación sexual".
Esto es lo que principalmente trunca de raíz toda lucha a favor de una vida afectiva ordenada según los mandamientos de Dios y de la ley natural.
¡Todos golpean como a una pared ruinosa que termina por derrumbarse quejosamente!
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